A las 6:30 de la mañana de un domingo sabes que si suena el teléfono solo puede ser una gran noticia. Y casi siempre, una mala noticia. Me llamaban para decirme que un tío había muerto. A partir de ahí, todo fue predecible: ir al pueblo, ver escenas tristes, regresar con cara de circunstancia, etc.
Todos las familias tienen un héroe, un modelo a seguir, un familiar, que cuando uno es niño, quiere ser como él. Uno va creciendo y “se le abren los ojos”. Te das cuentas de esos pequeños detalles de tu héroe de la infancia. Pero, de cualquier manera, sigues teniéndolo en tu altar privado. Sigues acumulando años, y el respeto vuelve a ser admiración.
Pues ese fue mi tío. El líder moral de la familia materna, el jefe, el cacique. Nada se movía sin que él se enterara. En lo más doloroso de su enfermedad seguía aferrado a vivir, a hacer negocios, a ayudar. Ayer se quedó dormido y con eso la enfermedad lo dejó en paz. Y a nosotros nos dejó con un montón de recuerdos y con la idea de que esta vida es un suspiro. El chiste está en cómo llenamos ese suspiro.
RIP, Pablo Waldo. Lo vamos a extrañar.